09 junio 2010

Encuentros y perplejidades

Ella se tocaba mientras yo, también a la vista de quien pasara, le andaba metiendo algunos dedos y arrancando esos tenues quejidos previos a la excitación que enfila hacia el orgasmo. AN es mujer de orgasmo fácil.

Un hombre solo y desnudo nos mira un instante, hace ademán de seguir andando, se detiene, se vuelve y exclama «¡Sarastro!». «¡UHL! ¡cuánto tiempo!».

***
Aunque era tarde, pensábamos que era nuestra última oportunidad de la noche de echar un polvo. La velada de aquel sábado cinco de junio había sido un poco rara, casi desapacible y aburrida. AN (37 años) y yo (44) estabamos en Encuentros.

No es que fuese nuestro planazo ideal para intercambiar sicalipsis, sudores, susurros, abrazos lúbricos, lametones y demás con otras personas. De hecho, el sábado anterior, aburridos de cierto tipo de clientela que parece que va a «tomarse la última copa», sin más, al ya añejo local de Vicente Caballero probamos en otro establecimiento, también de los de toda la vida, en el que un servidor, años atrás, había cosechado «grandes éxitos». Nos tomamos la primera copa y no llegamos ni a quitarnos la ropa. El ambiente ni siquiera nos abrió la posibilidad de echar un polvo el uno con la otra y marcharnos. Una vez más se materializó lo de «más vale malo conocido…». Y no imagináis lo que me joden los refranes.

***
–Pues estaba con unos amigos de fiesta pero ya se han marchado –comenzó a explicar UHL–, hoy es mi cumpleaños.
–Anda, pues muchas felicidades, eso hay que celebrarlo.

Obviamente, el encuentro hizo que AN y yo interrumpiéramos nuestra elocuente provocación. Mientras charlábamos los tres sobre esto y aquello y terminábamos de tomar la copa, UHL comenzó a acariciar ante mi despreocupada mirada los muslos de AN. Como es fácil suponer y puesto que a Encuentros se va a lo que se va, terminamos follándonos a AN entre UHL y su seguro servidor pero…

En un momento en que UHL andaba con las orejas entre los muslos de AN y yo la excitaba los pezones, un par de chicas, totalmente vestidas y a las que también habíamos visto antes sin prestar mucha atención, se sientan a unos dos metros de nosotros con objeto de contemplar el espectáculo sin ningún tipo de disimulo.

Me las quedo mirando con fijeza. En estos locales, muchas veces, una mirada persistente es entendida como una invitación explícita a la participación y, además, era esa mi intención. Ellas eran dos chicas, nosotros dos chicos y una chica pero a AN le gusta comer coños más que a un tonto un lápiz, así que el desequilibrio sería sólo aparente. No obstante, ellas hicieron caso omiso y como toda respuesta a mi sugerencia una de ellas me dedicó una sonrisa que no supe si en realidad iba dirigida a mí o a mi pene ya en posición de «presenten armas».

Pero UHL es mejor relaciones públicas que yo y cuando sacó las orejas de donde las había encajado y tomó conciencia de nuestras espectadoras –cuyo número había aumentado hasta casi la media docena–, directamente se dirigió a ellas y las invitó a sumarse. Las muchachas declinaron muy amablemente aunque sin perder ripio de lo que iba ocurriendo. Tres orgasmos de AN, una corrida mía en su boca y otra eyaculación de UHL más tarde, las pacatas y mironas muchachas fueron a la barra a refrescarse, supongo que por fuera y por dentro, no sin antes despedirse tirándonos unos besos al aire. Lógicamente, allí se dirigió UHL a entablar conversación con ellas y AN y yo lo seguimos al poco.

Nos presentamos. Aunque parecían todas de la misma peña, una sobre las demás, C. parecía llevar la voz cantante. Tras las chorradas preliminares sobre los nombres, el santoral y la meteorología de los lugares de nacimiento de C., ésta empieza a explicarse y, cómo no, a preguntar.

–Pues es que nosotras somos «nuevas» y no nos acabamos de atrever. De hecho, es sólo la segunda vez que venimos.
–¿Sólo la segunda vez? –al decir esto admito que intenté poner cara de picardía cómplice–. A ver, alma de cántaro; una vez puedes venir por despiste, porque te traen, por curiosidad… pero la segunda ya es por vicio, no me digas que «sólo» es la segunda vez porque eso ya da muchas pistas.
–Bueno, sí, no sé… pero vamos a ver… ¿para vosotros «esto» es normal? –en el tono de la pregunta de C. se percibía más curiosidad sincera que reproche moral o reprobación de tipo alguno.

Entre UHL, al inicio más locuaz, y yo intentamos explicarle que el concepto de «normalidad» siempre es difuso. Que las cosas son más simples. Aquello nos gusta y no es malo, sin más.

–Ya, bueno, pero la chica no es la pareja de ninguno de vosotros, ¿no?
–Coño, la mía.

Simultáneamente, AN que había ido al servicio se unió a la tertulia y los ojos de C. se abrieron como platos.

–¡Ahí va! ¿Es tu pareja?, ¿y a ti te parece bien?
–Racionalicemos –empecé a responder. Aunque sé que a algunas personas les resulta cargante, siempre me ha parecido gracioso hablar de cosas mundanas, relativas a los bajos instintos o incluso, según para quién, groseras, en un tono académico, atildado y hasta intencionadamente pedante.

–¿Me estás preguntando si me parece moralmente aceptable que esta muchacha, que es mi pareja, se refocile y se ayunte, junto conmigo, con el aquí presente o cualquier mancebo o manceba que haga acto de presencia en tan distinguido establecimiento? Pero vamos a ver, alma de dios… si a ella le gusta y quiere y yo la quiero a ella, ¿cómo no voy a querer si encima a mí me encanta? ¡Claro que no me da igual! ¡Me parece cojonudo! Otro tema es que a partir de esta reflexión, que es, me parece a mí, cartesiana, uno sea capaz de despojarse de la moralina de la puta catequesis.

Tanto C. como el resto de sus amigas escuchaban nuestras explicaciones y nuestras apelaciones a la lógica y la naturalidad con tanta atención como si de una amena charla sobre antropología se tratara. No obstante, la portavoz de aquella panda que se nos antojaba tan curiosa alternaba una suerte de innecesaria disculpa –la clásica excusatio non petita, accusatio…– con el baldón educativo judeo-cristiano de fondo, con las preguntas más «sórdidas» (si cabe el término).

–¿Y entonces, a ti, qué te parecería que yo, que no me conoces de nada, follara con tu chica?
–¡Fantástico!

Ante el cariz que iban tomando los acontecimientos y, quizá, por miedo a que de las palabras se pasara a los hechos, las amigas «repararon» en lo tarde que se había hecho, agarraron a C. del brazo y salieron del local.

A UHL, a AN y a mí nos pareció extraña la panda aquella. Echamos unas risas, comentamos que, con toda probabilidad, todas y cada una de aquellas muchachas, quizá tomadas de una en una y sin sentirse «vigiladas» por las amigas, se lanzarían a la vorágine con muchísimo arrebato (y que nos encantaría, claro está) y con la misma, nos vestimos y salimos a la calle.

Y allí estaban aún nuestras flamantes amigas, parece que esperando a un taxi para ir a desayunar. Tanta prisa no debían de tener.

El alocado gorjeo de los pájaros y las primeras luces del sol sobre la calle Vicente Caballero nos anunciaban que, efectivamente, era tardísimo, o temprano, según se mire.

Texto: Colaboración de Sarastro - Foto: UHL el regalo de cumpleaños de LACIRE y ERISED

Fue una noche especial, Sarastro ha contado parte de la noche, el final, donde disfrutamos y conocimos a ese grupo de chicas, creo que fue una experiencia especial para ellas, lástima que no pudieramos continuar charlando, ese interés prometía. También conocí otra pareja que ya os contaré la aventura, y el principio de la noche fue genial en la fiesta de los Golfxs, sin quererlo me monté un gran cumpleaños.
PD: La conversación fue realmente asi,... que memoria.
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